Sorda.

Le dieron consejos, intentaron animarla, le dijeron que se quisiera, que se dijera que se amaba. Era tan fácil decirle todo eso... Pero no la conocían, no sabían que con eso no la ayudaban, sino que la machacaban más. Habla, le repetían una y otra vez. Pero claro, ellos no podían saberlo, no podían saber que le era imposible hacer lo que le decían. Porque después se quedaba pensando, y pensaba que no se quería, y no podía decirse que se amaba si no era verdad, porque también le decían que fuera sincera. Y pensaba en ella y en cosas que pudieran gustarle, se miraba cada milímetro, con la esperanza de encontrar algo, pero no, nada, solo encontraba más defectos, más razones por las que odiarse.

También intentaba hablar, pero no podía, ya no sabía cómo se hacía eso. Llevaba tanto tiempo reteniendo las palabras dentro de ella que tenía miedo de quedarse vacía si las soltaba, porque era lo único que tenía, palabras. Dentro de ella, pero ahí estaban, eso la completaba, no podía dejarlas ir. Además, ¿a quién se las iba a contar? ¿Quién habría dispuesto a escuchar a una chica como ella? Estaba sola, y seguía pensando que siempre lo estaría, porque se volvió sorda y ya ni siquiera quería escuchar ni aceptar la ayuda que le ofrecían.

La ciudad acechadora.

Allí estaba ella,

sin poder ser libre,

sintiéndose en una jaula dentro de esa ciudad que la acechaba.

Rodeada de gente conocida que parecía extraña,

deseando salir y empezar de nuevo.

Llorando por los que se quedaran,

así que también lloraba por ella,

porque de momento no se iba a ir,

aunque fuera lo que más deseara.

Seguiría intentando forzar las barras de la jaula que la atrapaban hasta que finalmente cedieran,

estaba esperando a coger fuerzas y hacerlo,

pero aún no,

porque la conocida extraña gente desconocida seguía arrastrándola a algún sitio sin luz,

dónde no pudiera ver el camino,

dónde se perdiera en esa ciudad que la acechaba.